Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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"Las dictaduras prohíben, las democracias confunden”

 

“El poder de los signos escénicos y el poder”

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Publicado en: Las Puertas del Drama. (Revista de la Asociación de Autores de Teatro), 32 (2008): 3. (Especial: Las situaciones dramáticas).

 

 

Junto a las situaciones dramáticas, que permanecen constantes por ser indisociables de nuestra naturaleza, los autores de cada época tratamos situaciones circunstanciales que, si se analizan detenidamente, siempre acaban remitiéndonos a las que nos son primordiales: la pasión y la muerte (Eros y Tanathos), que, junto con el poder en sus distintas variantes (ese afán desquiciante, que todo lo perturba), están en el origen de cualquier situación dramática. Por tanto, más que “de qué” trata la literatura dramática, sería del “cómo” se abordan las distintas temáticas. O, refiriéndonos no al reflejo, sino a lo reflejado, de cómo se viven similares situaciones en distintas épocas y en distintas sociedades.

Poco tienen que ver los incestos de la tragedia griega con las posibles relaciones incestuosas del siglo XXI, cuando ya el sexo no es sinónimo de procreación. Cierto que el peso de la historia continúa gravitando sobre nosotros, y que aún se mantiene vivo ese sentimiento atávico vinculado a la conservación de la especie, lo que mantiene activo el conflicto (hoy más por inercia y puritanismo que por la degeneración hereditaria que este tipo de relaciones conlleva). Lo cierto es que el tema aún continúa vigente, aunque con distintos acabados. Tampoco los conflictos bélicos tienen hoy la misma dimensión que tuvieron para nuestros clásicos, si consideramos que una guerra nuclear podría borrar la vida del planeta, circunstancia tristemente novedosa que disfrutamos desde hace solo unas décadas. No digamos ya el poder, antes concreto y ejercido en directo, y hoy difuso, anónimo como las sociedades mercantiles. Mas sin llegar a estas situaciones extremas que cito aquí como máximos exponentes de la evolución de los conflictos, el catálogo de estos se modifica, al tiempo que se amplía, como consecuencia de que, en ocasiones, las nuevas estructuras dramáticas tienden a la complejidad, y esta combinatoria interminable da nuevos e insospechados sabores con los que la nueva cocina escénica nos sorprende.

Acorde con los avances de la sociedad, también cada vez más compleja, los contenidos se expanden ofreciendo un gran arco cromático. Podría escribirse de cualquier modo sobre cualquier cosa si no fuera porque una imperceptible censura del gusto va estableciendo el qué, el cómo y el cuándo. El poder, esa tercera pata del banco teatral, no en la ficción sino en la realidad, continúa, como siempre, abriendo unas vías y cerrando otras. El poder que, en ocasiones, se ejerció desde la Corte, otras desde el interés empresarial; más burdo cuando lo hizo manu militari, o más fashion cuando, como ahora, se ejerce desde el glamour oficial, no dejará que la creación se produzca fuera de su control; por más que tenga que establecerlo sutilmente. Democracia obliga.

Rizando el rizo: la “cultura” contra la comunicación artística es hoy, en mi opinión, la mayor mordaza. Códigos que se establecen desde difusos centros de poder y que dictan qué es lo que está en la onda y qué se considera trasnochado. Ya no es el público, o una clase determinada, quien sostiene al teatro. Hoy, como antaño, es la oficialidad quien lo sostiene, y quien, en consecuencia, propicia la comunicación escénica que más le favorece, o menos se oponga, a sus intereses. Y son muchos los recursos de los que puede valerse para establecer sus sutiles censuras. Los más evidentes son sin duda el reparto de subsidios y el control de los espacios; pero no es menos determinante el establecimiento de una categoría temática desde la que se acota lo que puede o debe decirse si se quiere ser “moderno”. Lo curioso es que para fijar el paradigma de la Modernidad utiliza la retrospectiva, un modelo en auge en todos los ámbitos de la cultura. Y así, con la reposición de los clásicos o el repertorio, parece como si quisieran detener la evolución temática, como si se aferraran al principio de que los temas son universales y eternos, categorías inamovibles; cuando, justamente, el tratamiento artístico de un tema lo convierte en inaprensible. Y esto abundando en que el valor artístico no se alcanza tanto por la contundencia del tema como por la matización de su tratamiento.

Tras esta reflexión, repaso el catálogo de nuestra cartelera, hago memoria del teatro reciente, y el panorama, siendo inabarcable, acaba reduciéndose a lo dicho: sexo y muerte; la vida perturbada por el poder. ¿Tendrán razón los que se empecinan en el carácter eterno y universal del arte? Seguro. Sus temas lo son. Pero nuestra mirada, no. Y ese es nuestro activo.  

Jesús Campos García



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