Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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“Guía para entrar En un nicho...”

(A modo de introducción a
En un nicho amueblado
).



 

 

 

 

 

 

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“El poder de los signos escénicos y el poder”


pipirijaina

Publicado en: Primer Acto, 177
(feb. 1975), p. 39.


Ahora que vais a poneros a leer uno de mis textos, antes de que lo hagáis quisiera deciros alguna cosa que pueda serviros de orientación en ese laberinto que es un texto escrito, escrito como parte de un todo, como parte de un hecho teatral, y que ahora, con su publicación, queda necesariamente mutilado.

Mis textos, como veréis, tienen pocas acotaciones.

No es que sea un autor abierto, que ya me gustaría, lo que pasa es que, como están escritos para servir de arranque a montajes que pretendo hacer, nunca pensé explicarme a mí mismo todas las relaciones que se producen paralelas al diálogo, porque de sobre las conozco; si anoté los diálogos fue porque no tengo memoria para tanto.

Lo siento, pero será una dificultad más en la lectura. Solo os presentaré aquí, tal como suele hacerse en las guías turísticas, los elementos más monumentales y folklóricos. Todo lo demás, lo rutinario, lo que pertenece al trabajo cotidiano del montaje, también, según ocurre en las guías turísticas, quedará oculto.

Empezamos.

Situaros en uno de nuestros bonitos teatros: a la entrada, en el vestíbulo, los actores, de luto riguroso, habrán recibido vuestro pésame. Despedido el duelo, ya en la butaca, os encontraréis ante un gran nicho con una caja al fondo. Habrá cierta ambigüedad que permita pensar que nos encontramos en una habitación con dos paredes blancas y una al fondo de madera. Delante, en el espacio del nicho no ocupado por la caja, habrá una mecedora, una mesa, sillas, en las paredes algún cuadro -las cosas normales de nuestra casa-, y habrá un cierto orden, acogedor y seguro. Entrarán los actores y ocurrirá la acción que se cuenta. Ellos representan a gentes como las que conocemos a menudo: dos matrimonios, unos hijos, la abuela, la visita; si algo macabro va creciendo entre ellos, ocurre sin que lleguen a sospechar su gravedad. Siguen la costumbre sin preguntarse, y los que se preguntaron no tienen valor para oponerse. Cuando durante la lectura aparezcan elementos confusos, no es que hayáis leído mal, no es preciso que releais, os cuento cosas de la vida que vivimos, y creo que estaremos de acuerdo en que la vida que vivimos es confusa.

No voy a resumiros aquí el argumento, porque yo para esas cosas soy muy mío. Pero sí tengo que advertiros que Pepito, el hijo pequeño, del que ya supondréis por su forma de hablar que también tiene un modo muy especial de comportarse; pues bien, Pepito tiene la costumbre de entrar y salir por las paredes, no como los muertos de D. Juan Tenorio, que lo hacían muy finamente; Pepito entra y sale haciendo agujeros en el "decorado". Vamos, que en cada función se carga uno nuevo. El que Pepito entre y salga por las paredes y ponga todo patas arriba no es porque sí, aunque por lo que es, tendréis que verlo vosotros. Si os cuento esto es para que sepáis que por esos rotos, por esos agujeros, irá entrando una espuma parda y viscosa, quizá basura, botellas, trapos, periódicos, desperdicios de un mundo que se pudre, desperdicios que irán invadiéndolo todo, y haciendo que todos en la escena se muevan a pesar suyo con torpeza, y digo a pesar suyo porque siempre fingirán no ver nada de lo que ocurre.

Por no ver, no verán ni la amargura de Manoli. Cuando aparezca, no os riáis, no es para reír. Cuando lo hagamos en el escensario, tomaremos el tiempo que sea necesario para que no haya posibilidad de reír; lo que dice lo dirá amargamente, y si la sonrisa anterior os resulta estúpida, va bien, por ahí va.

Y esto es todo, poco más o menos. Hay muchos más detalles, pero desmenuzados serían seis semanas de ensayos, sintetizados, sería la función puesta en pie. Hombre, en lo que sí vais a tener suerte con estar leyendo, en vez de encontraros en el teatro, es con el final. Cuando la función acabe y el público empiece a aplaudir -he visto aplaudir cosas tan malas que supongo que pensar que alguien aplaudirá no será inmodestia-, pues bien, en ese momento, sin ánimo de molestar, se estallará una pequeña ampolla fétida, que es de suponer precipitará la salida sin dar lugar a los consabidos saludos, ya en el vestíbulo, un cartel aclarará: "Solo huele a muerto".

Y ahora, para terminar, unas reflexiones así... bien. Que se note que soy el autor.

La crueldad de todo humor negro se justifica porque responde al miedo con que nos enfrentamos y defendemos de algo que no admite enfrentamiento ni defensa. Pienso entonces que no es humor negro, que algo más debe haber en lo que os cuento con esta historia, porque de lo que aquí se trata, os lo puedo asegurar, es de algo ante lo que hay que enfrentarse, algo ante lo que podemos y de lo que nos debemos defender.

Jesús Campos García



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