Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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Naufragar en Internet: La tecnología como metáfora


 

 

 

 

 

 

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Revista-Actores
Ponencia leída en el XIII Seminario Internacional del Centro de Investigación de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías (Madrid, UNED, junio de 2003). Publicada en: José Romera Castillo (ed.), Teatro, prensa y nuevas tecnologías (1990-2003), Madrid, Visor Libros – Seliten@t, 2004.

 

Hace solo unos días, ahí fuera, frente a la fachada de la UNED, había una urraca aplastada en el asfalto. Ya saben, ese pájaro negro y algo blanco, de cola larga, que tanto abunda por Madrid. Pues bien, al parecer, un coche lo había atropellado. Aunque lamentable, el hecho no habría llamado mi atención de no ser porque su compañero, o compañera –no sabría distinguir el sexo de las urracas–, revoloteaba a su alrededor. Alzaba el vuelo apenas unos metros y volvía a posarse. Daba pequeños saltos, graznaba a veces, la picoteaba, y de nuevo se echaba a volar. Nerviosa e inquieta, con estas tentativas, parecía decirle: “vamos, ¿a qué esperas?”, “venga, ¿por qué no vienes?”. Y es que no entendía; en su primer encuentro con la muerte no podía entender por qué, de repente, todo había cambiado de un modo tan radical. Más de veinte minutos estuve allí, conmovido por el desconcierto del pájaro. Y cuando me marché, aún revoloteaba con gran desasosiego, invitando a volar.

Pensé entonces, como pensamos todos, que esa es la gran pregunta, la incógnita en la que nos resolvemos los seres vivos; el hecho inexplicable ante el que sentimos, de forma más acuciante, la necesidad de entender. Sin duda fue así, tratando de entender, como desarrollamos ciertas capacidades que nos permiten formular respuestas; incompletas y contradictorias, sí, cierto, de acuerdo, pero el debate forma parte del intento; pues al no tener la respuesta absoluta, sólo a través de ese debate nos es posible explicarnos y explicar. El esoterismo, la religión, la filosofía o el arte son sistemas de indagación que dan respuestas o comunican sensaciones. Otro modo de entendernos y hacernos entender.

excalibur-atapuercaPensando en esto, vino a mi mente el Excalibur, creo que se llama así, descubierto en Atapuerca; un lítico encontrado en la Sima de los Huesos en el 97 o en el 98, no recuerdo bien. Se trata de un bifaz de forma amidgaloide, un canto tallado que se utilizaba para descuartizar animales o arrancarles la piel. La herramienta en sí es de lo más común, y su hallazgo carecería de interés de no ser por el hecho de haber sido encontrado en un enterramiento, lejos de los lugares habitados, circunstancia esta que hace pensar –la deducción no es mía, como bien pueden suponer– que se depositó allí junto a un cadáver, con intención simbólica; a lo que añado yo que tal vez con el enterramiento de la herramienta se estaba representado el enterramiento de las funciones vitales que esta herramienta potenciaba. Porque, ¿qué es la tecnología?, ¿qué es la herramienta sino el utensilio con el que potenciamos nuestras funciones vitales? La tecnología es nuestra proyección, la optimización de nuestras capacidades: si saltamos tres metros, el avión nos permite saltar kilómetros; el catalejo prolonga el alcance de la vista; el golpe de la mano es más contundente con el martillo; nuestra voz amplifica su potencia con la megafonía; la sierra corta mejor que nuestros dientes; en definitiva, la herramienta no crea funciones, sino que las potencia. Por eso enterrar al hombre con su herramienta es de lo más coherente. Una acción en apariencia simple que, sin embargo, supone una gran complejidad mental, pues focalizar en el objeto las emociones, extender la muerte del hombre a la muerte de sus utensilios, denota una mentalidad simbólica. Queda a nuestro criterio, o a nuestra imaginación, la recreación del rito, la interpretación del signo, el verdadero alcance que el hecho pudo tener. Ahora bien, lo que parece innegable es que cuatrocientos mil años después esa piedra tallada aún puede vincular nuestra emoción con la emoción de quien la depositó junto al cadáver.

Al “yo soy yo y mi circunstancia”, de Ortega, habría que anteponer el “yo soy yo y mis herramientas”. Por eso, con frecuencia, hablamos de nosotros proyectándonos en nuestros utensilios. Escribía Machado: “Que la piqueta arruine y el látigo flagele; / la fragua ablande el hierro, la lima pula y gaste, / y que el buril burile, y que cincel cincele, / la espada punce y hienda y el gran martillo aplaste”(1) . Nos invita a la acción refiriéndose a nuestras herramientas. “Ser bueno es ser valiente”(2) . Actúa, nos viene a decir, y despliega la tecnología como lo que es: la prolongación de lo que somos.

Es en esa sintonía en la que nuestra muerte se hace extensible a nuestros recursos tecnológicos. Así, tras el bifaz de Atapuerca, a lo largo del tiempo fueron innumerables los utensilios depositados en enterramientos, herramientas junto a los artesanos, armas junto a los guerreros e incluso las marionetas fueron enterradas junto a sus manipuladores; algo que a los teatreros nos coge más de cerca, y que sin duda explica la escasa presencia de marionetas en los museos; de hecho, esta práctica llega hasta principios del siglo pasado: la compañía de la “Tía Norica”, al parecer, es la primera que la incumple, y gracias a eso podemos verla en Cádiz.

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Títeres de la Tía Norica. (Fuente: Web del Ayuntamiento de Cádiz).

Pero dejemos por un momento los entierros para ocuparnos de la vida.  Parece claro que es la amenaza de la muerte la que genera la necesidad de trascender; también que nos valemos de los objetos menos perecederos, las herramientas entre ellos, para simbolizar esa trascendencia; pero si esto es así, si las herramientas nos expresan, no es porque sea mayor o menor su utilidad, sino porque durante nuestra existencia las hemos ido cargando de significación. Como si de seres vivos se tratara, el trato con las tecnologías es diverso y complejo: el mismo martillo con el que hincamos el clavo puede machacarnos el dedo. Una ambivalencia que enriquece enormemente su capacidad expresiva, pues la herramienta no solo nos potencia, sino que participa de nuestra dualidad.

Los que hacemos teatro lo sabemos muy bien, pues continuamente nos valemos de la tecnología para materializar nuestro discurso, aunque, en ocasiones, ese mismo martillo nos machaque el dedo. Miren lo que decía Lope, refiriéndose a la representación de una de sus obras:

La primera vista del teatro, en habiendo corrido la tienda que le cubría, fue un mar en perspectiva que descubría a los ojos (tanto como puede el arte) muchas leguas de agua hasta la ribera opuesta, en cuyo puerto se veían la ciudad y el foro con algunas naves, que haciendo salva, disparaban a quien también de los castillos respondían. Veíanse asimismo algunos peces, que fluctuaban según el movimiento de las ondas, que con la misma inconstancia que si fueran verdaderas, se inquietaban; todo con luz artificial, sin que se viese ninguna, y siendo las que formaban aquel fingido día más de trescientas. Aquí Venus en un carro que tiraban dos cisnes habló con el Amor su hijo, que por lo alto de la maquinaria revolaba. Los instrumentos ocupaban la primera parte del teatro sin ser vistos, a cuya armonía cantaban las figuras los versos, haciendo en la misma composición de la música las admiraciones, las quejas, los amores, las iras y los demás efectos (3) .

Y continúa un gran trecho sorprendiéndose con la maquinaria, para concluir:

El bajar los dioses y las demás transformaciones requería más discurso que la Égloga, que aunque era el alma, la hermosura de aquel cuerpo hacía que los oídos rindiesen a los ojos. Esto para inteligencia basta, pues no es posible pintar el aparato sin fastidio (4) .

Parece, en principio, un elogio, aunque finalmente se convierte en queja y reprobación. La ambivalencia a la que antes hacía referencia. Y es que al desaparecer los corrales y refugiarse en los palacios, el teatro perdió sentido crítico y ganó autocomplacencia, que es otro modo de perder.  Probablemente, esa sea la causa de que el despliegue tecnológico que, en principio, debería servir para potenciar el discurso, acabe con excesiva frecuencia eclipsando el discurso. Lope, maravillado y dolido, lo expresó así en este escrito, un comentario que podría aplicarse a muchas representaciones de hoy en día, más próximas al castillo de fuegos artificiales que a la verdadera indagación.

Ahora bien, con independencia de su buen o mal uso, de lo que no cabe duda es de que la tecnología condiciona los contenidos. Los afecta desde el momento mismo de su escritura; también en la producción; de forma más radical, cuando se utiliza como soporte; por supuesto, en su difusión, y, en última instancia, cuando, como en el caso del bifaz, es la propia tecnología la que se convierte en metáfora.

Pero permítanme seguir divagando acerca de la proximidad, de esa suerte de vecindad que existe entre el teatro y la tecnología; podría hacerse igual respecto a otras actividades, artísticas o no, pero es el teatro la que nos ocupa.

Haciendo historia –y no me remontaré aquí al paleolítico–, los que hemos escrito antes y después del ordenador conocemos bien la diferencia que existe entre ambos modos de materializar la escritura; también los efectos que produce su uso, tanto en el acabado como en la estructura de la obra. Se corrige con mayor facilidad, eso es evidente, y de forma más sistemática; una cuestión menor si consideramos que hay quien modifica la estructura con un simple “cortar y pegar”, alterando así, con el mínimo esfuerzo, el orden en el suministro de las informaciones. Es más, me atrevería a decir que la actual tendencia a barajar escenas –la discontinuidad temporal– no es ajena al empleo de las nuevas tecnologías. Paso por alto las intertextualidades y otros artificios plagiarios, hoy tan boga, porque es un oficio que desconozco, pero los que lo practican podrían decir maravillas acerca de cómo se escriben funciones a golpe de ratón.

La preponderancia de la mentalidad empresarial es otra consecuencia de los avances tecnológicos aplicados a la producción; desde la oferta de textos –tal vez, sinopsis– en bases de datos, a la reserva de localidades por Internet, pasando por los repartos virtuales o la contratación de espectáculos vía e-mail, el futuro de la producción estimula e inquieta –esa ambivalencia que tanto humaniza a la herramienta–, y la verdad es que no sabría decir de un modo preciso cómo esto afectará a los contenidos, aunque no cabe la menor duda de que los afectará.

Otra cuestión, ya, es la herramienta como soporte. Al igual que en el cine o en la televisión, la ficción dramática acusará, cuando se difunda a través de las redes, las peculiaridades del medio. Estamos aún muy en los albores; de hecho, sólo he presenciado una representación vía Internet: la que La Fura ofreció en el Foro de Valladolid (5) , y la experiencia despertó en mí la misma ternura que La salida de misa de la Iglesia del Pilar con que se inicia la historia de nuestra filmografía. Ahora, haciendo futuribles, uno puede imaginar que la interactividad, no sabría decir si para bien o para mal, pasará a formar parte de la creación. Veremos, pues, las historias convertidas en concursos con múltiples finales y devenires, elegidos, para más inri, de forma democrática, con lo que el fallo de los internautas será inapelable. Habrá, pues, que estar prevenidos para soportar este nuevo envite de la modernidad; que aunque no me perturba en exceso el que esto pueda ocurrir, sí me preocupa, y mucho, que los popes de turno pretendan hacerlo obligatorio. Ya el cine –para mal, en mi opinión– trasladó al teatro su naturaleza narrativa. La necesidad de competir produce estos efectos, por otra parte comprensibles, y es este precedente el que me hace temer un teatro interactivo. Por lo demás, el tiempo pone las cosas en su sitio, y poco importa que los sistemas artísticos modifiquen su naturaleza si permanece intacta la motivación fundamental; que, a fin de cuentas, de lo que se trata es de alcanzar el conocimiento a través de la emoción. Lo demás, por más que personalmente nos perturbe, es accidental.

También parecen fácilmente previsibles las consecuencias de dirigirnos a un colectivo más amplio, pues este es un fenómeno que ya se viene observando desde la invención de la imprenta. Lo lógico es que se simplifique el discurso. Uno habla en función de quien le escucha. Los que alternan la escritura para adultos y niños lo saben muy bien. Y esto, que parece normal al tratarse de una cuestión de edad, puede ser un problema si nos limitáramos a emitir discursos para mayorías. El paso del libro al teatro, al cine, a la televisión y, previsiblemente, a Internet, en la medida que amplía el colectivo de potenciales receptores, tiende a la simplicidad, cuando no a la banalización. Querer ser entendido por todos nos aboca a lugares comunes y a frases hechas, vacías de contenido. No sé, pero podríamos acabar como políticos pidiendo el voto. Y es que el hecho de querer ser entendidos por todos empobrece intelectualmente el discurso. Lo que augura tiempos de confirmación en detrimento de la indagación. Claro que siempre quedará el consuelo de las páginas off –la Infra Red–, reductos minoritarios en los que podremos dudar y no intercambiar consignas.

Y no quisiera que por lo dicho se entendiera que considero las nuevas tecnologías como una amenaza. Para nada. El problema somos nosotros, como también nosotros somos la solución. Otorgarle a la máquina poderes decisorios carece de sentido. El martillo no es el responsable de hincar el clavo o machacar el dedo. Que los ordenadores potencien funciones del cerebro no merma nuestra capacidad de decidir; por tanto, nuestro será el acierto, como nuestro será el error.

Habrá crisis, eso es evidente, pero en el sentido de transformación. Y no sólo en lo que concierne a la creación, producción, soporte y difusión; también tras la recepción. La opinión crítica que la obra genere no se limitará al comentario crítico especializado, sino que su opinión podrá debatirse en foros virtuales. Y restan otros aspectos a considerar, como la documentación y archivo, la publicidad, la formación... Y es que, nos guste o no, no vamos a tener más remedio que revisar el mundo (en nuestro caso, el teatro) en función de esta nuestra mayor capacidad.

Porque, a fin de cuentas, ¿qué es lo que está ocurriendo? Tenemos más memoria, podemos relacionar los datos con más facilidad; vamos, que somos más ordenados. El ordenador; así es como nombramos a esta nueva herramienta, que en apenas un cuarto de siglo, y tras entrar en conexión con otros ordenadores, ha sido capaz de generar el caos de la red. La ambivalencia, su ambivalencia, nuestra ambivalencia. Y es a partir de esta ambivalencia, de esta humanización de la herramienta, cuando entra en juego la tecnología como metáfora.

naufragar-en-internetLlegado este punto, mucho me temo que algo habrá que decir de Naufragar en Internet, único crédito que me avala en estas cuestiones y al que sin duda debo la oportunidad de estar aquí, opinando como si entendiera. Mentiría si les dijera que la obra es el resultado de un propósito. Suelo escribir como quien va de caza, atento, sí, y dispuesto a hacerme con lo que se cruce. Y así fue como, en las contradicciones de Daniel –único personaje en escena, hay otros virtuales–, en su empeño de aparentar un orden cuando su vida es más bien un caos, fue apareciendo la tecnología como metáfora. No contaré la obra, pueden estar tranquilos, pero sí les leeré el pasaje final, en el que Daniel se dirige en el momento de su muerte al Gran Traumatólogo o a alguna otra entidad superior:

Daniel.—Oiga, doctor, más que nada, por salir de dudas: ¿no sería posible que me hicieran un electro? (Suelta el teléfono y se sube a la “cama”.) Algo sencillito, tampoco tiene por qué esmerarse. Es solo por conectarme a la red eléctrica; sería tan agradable naufragar en Internet... O mejor, amortájeme en un “cederrón”. (Y coge uno, a modo de hostia.) ¿Sabe? Un sepelio digital. Estoy cansado de mí: tan orgánico, tan pasional, tan miserable y, sobre todo, tan poco cibernético... Verá, quiero ser moderno y arruinarme en euros... Ande, no se haga el remolón y póngame los electrodos. (Y él mismo se los va colocando.) Venga, hombre, electrifíqueme. ¿Qué quiere? Me apetece una vida argumental. ¿Se imagina? Poder marcharse por ahí, de parabólica en parabólica... Bueno, la verdad es que me conformaría con vivir las desgracias del vecino en la pantalla del videoportero. Me gustaría tanto ofertar mi último aliento en la intimidad de una página “güeb”... Si me conecta a la red, verá como yo solito me dedico a zozobrar mientras navego por la mar insondable. Hagamos un trato: usted me distribuye vía satélite y yo le prometo a cambio un definitivo encefalograma plano (6) .

Si nos fijamos, tanto sus motivaciones como lo que intenta no difieren mucho de lo que debió pasar por la mente de quien depositó aquella piedra tallada en la Sima de los Huesos. También él vincula su eternidad a las herramientas con las que pudo ser más de lo que era, convencido de que el tiempo en ellas será mayor que el suyo. Lo que viene a suponer un cierto avance respecto al desconcierto de la urraca y, en cualquier caso, la antesala de la nada.


(1) “Proverbios y cantares, XI”, en Antonio Machado, Poesías Completas (edición de Manuel Alvar), Madrid, Espasa Calpe, 2003.

(2) Ibíd.

(3) Dedicatoria al Almirante de Castilla de La selva sin amor (1629), en Colección de las obras sueltas así en prosa como en verso de Sancha (reed. facs.), Madrid, Arco Libros, 1989, t. I. Citado por Pablo Jauralde Pou, "El teatro en los palacios", Teatro. Revista de Estudios Teatrales, núm. 1, pág. 38.

(4) Ibíd.

(5) “El teatro español ante el siglo XXI”, Valladolid, 2001.

(6) Este texto ha sufrido ligeras modificaciones respecto a la versión publicada de Naufragar en Internet (Ciudad Real, Ñaque, 2000).

 

Jesús Campos García



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