Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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Pasar el testigo


 

 

 

 

 

 

Artículos destacados:



“Bastante más que una crónica. (Sobre la coincidencia de Sastre y Arrabal en el Círculo)”

 

“Ideas para una política teatral alternativa”

 

“Análisis, diagnóstico y tratamiento de las dolencias que aquejan al autor terminal”

 

"Las dictaduras prohíben, las democracias confunden”

 

“El poder de los signos escénicos y el poder”

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Publicado en: Las Puertas del Drama, núm. 2 (Primavera 2000), pág. 3. (Monográfico:
Buero Vallejo).

 

Con Valle y Unamuno muertos; Lorca, fusilado; Benavente, rendido; Alberti, Max Aub, Bergamín, Casona, León Felipe, Salinas y otros muchos, exiliados; sin olvidar a Miguel Hernández, su amigo –autor de autos– muerto en prisión; a la postre, con la autoría desmantelada, el teatro español, tras tanta desgracia e ignominia, lejos de reflejar la realidad, solo alzaba el telón para evadirse la realidad; en el mejor de los casos, para que Jardiel hiciera piruetas con la realidad; en definitiva, para negar la realidad.

La tradición truncada. Todo teatro de riesgo y compromiso, ya de por sí en precario (siempre bajo sospecha  y siempre sometido a las leyes del éxito), había sido proscrito. Guerra y posguerra, traumáticamente, habían abierto un abismo de más de una década que impedía el fluir de saberes, las lógicas contiendas de estilos y maneras, el magma en el que reverberan las nuevas ideas, el impreciso e imprescindible paso del testigo que hace que los hombres, al sucederse, sean la humanidad.

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Cierto que para quien se iniciara en otras escrituras debió ser menos duro rastrear en los libros tratando de restablecer las conexiones perdidas, pero en literatura dramática, cuyo soporte natural es el efímero escenario, mal se podía entroncar con el pasado cuando la represión había arrasado la inteligencia, reduciendo el hecho teatral a un anodino acto social.

Aun así, hay quienes niegan esta ruptura, en un intento vano de limpiar la memoria de sus antepasados (cuanto menos ideológicos), pero tal era la historia de aquel teatro que negaba la realidad en el momento en el que Buero escribe la Historia de una escalera; no la historia de una guerra y su sinsentido (que se sobrentiende), sino la de sus secuelas en la intrahistoria de ese microcosmos. Solo una escalera que palpita sobre el escenario, y el teatro en España resurge de entre sus banalidades.

Durante medio siglo soportó esta responsabilidad sobre sus espaldas, sorprendentemente frágiles y esforzadas a un tiempo.

Once años después de la victoria, la marcha de los vencidos se reanuda. Y sobre Buero, en la soledad de 1949, recae la responsabilidad de retomar el testigo y mantener el compromiso de hacer posible un teatro comprometido “en lo posible”.

Durante medio siglo soportó esta responsabilidad sobre sus espaldas, sorprendentemente frágiles y esforzadas a un tiempo. Primero en solitario, pronto en compañía de lo que se dio en llamar la “generación realista”, más tarde, cuestionado por los simbolistas, cuando no negado por la internacional festivalera.

Resulta, cuanto menos, curioso que los creadores, a la sazón tan inteligentes, caigan con tanta frecuencia en la ingenuidad de establecer su propia identidad negando la valía de los demás, pero así es este mundo de vanidades. Jamás entendí esa pugna, por lo demás tan paterno-filial; y siempre pensé que mis enemigos, en términos bélicos, no eran quienes luchaban a mi lado con otro tipo de armas (realistas o simbolistas), sino los que nos disparaban desde el otro frente.

Sea como fuere, admirado o menospreciado (en ocasiones simultáneamente), Buero ha sido el referente en torno al cual se ha generado el magma perdido, la lógica contienda entre las mil formas de entender el mundo (la riqueza de la mirada plural). Y así, tras cincuenta años de su teatro, puede afirmarse que la tradición ha sido restaurada.

Si a esto unimos su talante personal –siempre receptivo, preciso en el consejo y generoso al respaldarnos con su presencia; perseverante en el gesto, aun cuando la edad o la enfermedad lo desaconsejaban–, para mí tengo claro que al darnos el apoyo que él no pudo recibir de quienes le precedieron, era consciente de lo que tal actitud significaba, y que, junto a su obra, nos pasaba no solo el testigo de su compromiso con la realidad sino, lo que es más importante, el sentimiento de que formamos parte de un colectivo para el cual ese compromiso es consustancial.

 

Jesús Campos García



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