Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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La creación inducida


 

 

 

 

 

 

Artículos destacados:



“Bastante más que una crónica. (Sobre la coincidencia de Sastre y Arrabal en el Círculo)”

 

“Ideas para una política teatral alternativa”

 

“Análisis, diagnóstico y tratamiento de las dolencias que aquejan al autor terminal”

 

"Las dictaduras prohíben, las democracias confunden”

 

“El poder de los signos escénicos y el poder”

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Publicado en: Las Puertas del Drama, núm. –2 (Primavera 1999), pág. 3. (Monográfico sobre el teatro en Francia)
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“A mí no me estimulan los paisajes, sino las palabras”, me decía una poetisa amiga nuestra, por lo demás, teatrera; a mí, en cambio, me tientan los conflictos (hoy tan denostados), y tal le ocurrirá al músico con los sonidos o al escultor con los volúmenes. Son nuestros juguetes que, en virtud del juego, se convierten de insignificantes en significativos. Así, como quien sale de copas por ver qué se tercia, el creador alterna con los materiales de su creación. Los mira, los observa, se hace conocedor de los signos, y acaba estableciendo un flujo y reflujo, como si de un intercambio de miradas se tratara, entre el interior que necesita ser expresado y el exterior con el que se expresa.

Conocer el territorio, dominar el medio, poseer las claves, es en definitiva tan necesario como tener algo que contar. Con la diferencia de que mientras lo segundo se hace a nuestro pesar, lo primero se hace a nuestro placer. Siempre me gustó decir (el vicio de las metáforas) que la creación no es sino el vómito de aquello que la vida nos indigestó. De ahí la importancia de ser ducho en la preparación de brebajes con los que aliviarnos, y de ahí también la conveniencia de estar abierto a las distintas farmacopeas que en el mundo se puedan o se hayan podido producir. La necesidad de intercambiar, de inducir y de ser inducido en estos juegos de conocimiento, es tan innegable como el hecho de que todo parto tuvo su origen en un contagio. Lo demás es masturbación.

Y no seré yo quien le niegue a nadie el derecho a autoestimularse según le plazca, si bien no puedo evitar una cierta perplejidad ante quienes manifiestan su desinterés por la creación de los demás. Yo no sabría avanzar sin el avance de los otros (nada que ver con la uniformidad ni con el mimetismo). ¿Quién no ha sentido la necesidad de escribir tras una lectura? (Otra cosa ya son los resultados). Recuerdo como unos poemas de Gil de Biedma me hicieron poeta por unas horas. O cómo un espectáculo de espléndido acabado formal sobre textos de García Lorca manipulados me estimuló, esta vez por rechazo, a escribir El profanador de sepulturas. Estar conectado al magma creativo es vital para todo creador.

Siendo esto así a nivel individual, o al menos yo así lo entiendo, no lo es menos a nivel colectivo. La dramaturgia de un país no puede producirse aislada y con mentalidad de campanario, sin más horizonte que el de sus fronteras, pues por mucho que nos enriquezca la exaltación de lo propio, más nos empobrece la negación de lo ajeno. La pureza cultural, al igual que la pureza étnica, no es más que una entelequia que solo existe en las mentes de quienes, a la postre, acaban propugnando limpiezas (con toda la suciedad que tales limpiezas conllevan). La historia de la creación artística es una suerte de influencias, de mestizajes, de fusiones, también de rechazos, que se derivan del conocimiento de la obra de los demás. Estímulos que, con su intercambio, determinaron la evolución del arte (en nuestro caso, de apellido escénico) en un proceso que hoy culmina con esta eclosión de modos de hacer que constituye la contemporaneidad.

En esta actitud pluricultural se inscribe nuestro propósito de abrir Las puertas del drama a cuanto suceda en otras latitudes, con el convencimiento de que conocer otras realidades nos servirá para modificar la nuestra, y en no pocas ocasiones para constatar cómo lo que aquí nos acontece no dista tanto de lo que ocurre fuera de nuestras fronteras.

Situarnos, tomar conciencia de nuestra posición en el mundo, es el paso previo e inexcusable que tenemos que dar antes de acometer otras empresas de más envergadura con las que deberíamos ir acortando las distancias de ese abismo que la historia fue abriendo siglo a siglo y que en un pasado reciente acabó haciéndose insondable.


Jesús Campos García



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