Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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Publicado en: Las Puertas del Drama. (Revista de la Asociación de Autores de Teatro), 38 (2010): 3
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…Es uno de esos lugares comunes que, cuando me vienen a la mente, suelo tener muy claro que conviene evitar; más aún en estos tiempos de crisis, en los que el tango, con su lamento implícito, redunda en la obviedad. Será por eso que, una vez más, lejos de evitarlo y dejándome arrastrar por el vértigo de la inconveniencia, me pregunto: ¿y qué son veinte años?

Desde que Miralles me llamara para enrolarme en el empeño de fundar la AAT, fueron muchas las puntadas que hubo que dar. Tal vez no todas acertadas (ensayo y error; que no es mal procedimiento), si bien, en su conjunto, el pespunte no podía estar mejor encaminado. La ayuda de Mollá y Sorel al frente de la ACE fue providencial. La doble presidencia de Olmo (ejecutiva) y Buero (honorífica) nos hizo incuestionables. Ellos fueron los referentes, el banderín de enganche. Y así, con su prestigio y nutriéndonos de la tradición asociativa del colectivo de escritores, nos sumábamos, sin apartarnos de ellos, al incipiente tejido asociativo de las artes escénicas.

Pero, ¿por qué asociarse? De todas las prácticas artísticas, fue sin duda el teatro (también el cine) la que sufrió con mayor contundencia el zarpazo de la dictadura. (Para el culpable, la sola representación de la realidad ya es una acusación; y no son batallitas). En el trauma de esas décadas oscuras estaba el origen de muchos de los atropellos que aún padecíamos en 1990. “No hay autores” llegaron a decir los mismos que habían hecho todo lo posible para que no los hubiera. Se cuestionaba la existencia, ¿cabe mayor desatino? Esa era la situación frente a la que teníamos que reaccionar. Así andaba el patio. Era tal el vacío que los autores que no existíamos decidimos asociarnos.

Y aún cabría preguntarse: ¿asociarse, para qué?, ¿para organizar actividades culturales, sucedáneos de la actividad teatral que se nos negaba?, ¿para defender nuestros derechos laborales frente a un sector productivo al que no pertenecíamos?, ¿para exigir a las administraciones cuotas y subsidios? Pues probablemente también, pero, sobre todo, para recuperar la comunicación perdida entre autoría y sociedad: el juego de la representación; un juego al que en España se jugó durante siglos, y se jugó tanto que acabó convirtiéndose en una de nuestras principales señas de identidad. Siempre bajo sospecha, todo hay que decirlo, pero con gran disfrute de creadores, intérpretes y espectadores, que jugando jugando, se reían de sus cuitas, se conocían reconociéndose, o resolvían en la ficción esa tendencia a la sangre que siempre nos hizo tan dramáticos.

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(Ya sé que hay quien prefiere que seamos Cultura, y a ser posible, con eco abovedado. ¡Cuánta solemnidad! Pero somos juego. Juego en presente, en directo, en inmediato. Por más que a algún figura ya le gustaría que el teatro del presente fuera el del pasado. Recuerdo a un insensato que se atrevió a decir que todos los textos que eran necesarios ya estaban escritos. Les gustan los museos para ciscarse en ellos. Y que teatros institucionales hayan estado en manos de personajes con semejante visión de futuro…).

Ya sé que la tarea de propiciar que nuestra sociedad se reencuentre con el teatro que la representa es algo que sobrepasa nuestra capacidad (también nuestra responsabilidad), pues sería necesaria la voluntad de todos para llevarla a cabo; pero es a nosotros a quienes corresponde hacer el llamamiento: desde el discurso y, más aún, desde la eficacia de nuestras obras. Y ese fue y sigue siendo el fin para el que nos asociamos. Todo lo demás, siendo importante, no deja de ser, en cierto modo, retórica de las acciones.

Por eso, en este punto, al cumplirse dos décadas, lejos de hacer balance de actividades, hemos optado por pedir la opinión de nuestros asociados más ilustres (los de honor), pues no se nos ocurre mejor celebración. Hechos los brindis, y sin apenas detener el paso, seguiremos en el empeño de que algún día en España se haga teatro español, no como una concesión, o como una regalía, sino como una necesidad. Este es, pues, un punto y seguido, que aunque la situación ha cambiado, y mucho (¡albricias!, ya existimos, por más que no estrenemos), es más lo que queda por cambiar. Y es que al final va a tener razón el tango: y veinte años no es nada.

 

Jesús Campos García



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