Jesús Campos García
Autor teatral, director y escenógrafo

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Las dictaduras prohíben, las democracias confunden


 

 

 

 

 

 

Artículos destacados:



“Bastante más que una crónica. (Sobre la coincidencia de Sastre y Arrabal en el Círculo)”

 

“Ideas para una política teatral alternativa”

 

“Análisis, diagnóstico y tratamiento de las dolencias que aquejan al autor terminal”

 

"Las dictaduras prohíben, las democracias confunden”

 

“El poder de los signos escénicos y el poder”

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Publicado en: en: Boletín Informativo de la Asociación Colegial de Escritores de España, núm. 35 (junio 1996), pág. 24
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A Tomás Marco y a Eduardo Galán (ambos amigos, creadores y, hoy, "mandamases de la cosa"), para que se lo piensen.

 

Tal vez no sea más que un juego (un modo como otro cualquiera de aferrarse a la infancia) pero jugando explicamos el mundo. No el Universo, ni siquiera el planeta que habitamos, sino el mundo personal, el inmediato; y aunque lo más probable es que únicamente nos expliquemos a nosotros mismos, cuando esto se consigue, ya es un triunfo.

"Ordenar el caos", así se llama el juego. Y es tan fácil (en ocasiones) como imposible (las más de las veces), sin que nadie sepa bien de qué depende. Su práctica consiste en disponer los colores, los sonidos, las palabras y/o los volúmenes de forma que el discurso sensitivo que se origina en nuestra memoria resuene en la memoria de los demás, dando así a entender aquello que era necesario ser entendido.

(Por desgracia, como en todo juego, también aquí existe un contrario; alguien cuya misión es impedirlo. Y se da la circunstancia de que, en ocasiones, para mayor dificultad, el enemigo dice jugar de compañero).

Dentro de este esquema básico, y puesto que el juego tiene múltiples variantes (pintura, música, literatura, escultura, etc.), voy a centrarme en la modalidad teatral, que es la que mejor conozco; no tanto por haberla practicado alguna vez, como por lo mucho que no la he podido practicar.

El teatro es un juego de contrarios, y aunque los colores, los sonidos, las palabras y los volúmenes son su soporte final, lo cierto es que, dicho en términos de juego, la ficha a mover son los conflictos. Se trata, pues, de un juego basado en nuestra ambivalencia, de un juego que juega con nuestra capacidad de contradicción, y para cuya práctica resulta imprescindible una cierta destreza en autofragmentarse; una suerte de esquizofrenia controlada (no siempre), consecuencia y reflejo de un mundo no menos esquizoide.

Así, tanto el autor (cuando reparte sus vivencias entre los distintos personajes) como el intérprete (cuando, para encarnarlos, aporta parte de sí, amputando el resto de su personalidad) no hacen otra cosa que fragmentar su universo, descomponer su realidad en componentes de otra realidad. Y es así como la amargura, la risa, el dolor, la ironía, el desprecio, la ingenuidad, el odio, la dulzura, la venganza, la duda, la avaricia, la nostalgia, el rencor, el anhelo, etc., se convierten en las piezas del discurso con el que se expresan. No son los colores, ni los sonidos, ni las palabras, ni los volúmenes los que expresan la realidad, sino que es la propia realidad, a través de su representación, la que se expresa a sí misma. Pura dinamita.

 

... es fácil entender por qué el teatro ha sido siempre un juego sometido a sospecha.

Si unimos a esto el hecho escandaloso de violentar la identidad (subvirtiendo así uno de los valores claves del orden social) y, lo que es más importante, si consideramos la inmediatez de su carnalidad, de su seducción, de su exhibicionismo; el pálpito vital con que se transmite (sin manipulación tecnológica alguna), es fácil entender por qué el teatro ha sido siempre un juego sometido a sospecha.

Bien es cierto que, a excepción de los sistemas totalitarios, con su zafiedad característica, nadie confiesa esta prevención; muy al contrario, siempre se apuesta por su fomento, su estímulo, su potenciación; aunque paralelamente se pongan los medios para entorpecerlo, vanagloriarlo, prostituirlo o banalizarlo, en definitiva, para desactivarlo. Todo antes que arriesgarse a que, jugando con las contradicciones personales, pudieran ponerse en evidencia las contradicciones de la sociedad y, por ende, las del poder. No debe ser ajeno a este planteamiento el que, a modo profiláctico, se haya difundido la idea subliminal de que teatro es simulación, fingimiento, mentira.

No quisiera caer en el derrotismo de aceptar que todas las opciones políticas, en sus distintas oportunidades históricas, tengan que adoptar fatalmente esta actitud; muy al contrario, quisiera creer que llegará un día en el que el teatro podrá practicarse con naturalidad, para mayor disfrute y conocimiento de todos. Mas, mientras esto no ocurra, habrá que estar atentos a la jugada.

Y a la confusión. La puesta en escena de los clásicos para fumigar al público infantil y juvenil, festivales internacionales que nos acercan a la realidad polaca o tailandesa, fomento de vanguardias políticamente correctas y otros festejos, reiteración del repertorio hasta la saciedad, importación del último éxito de la temporada neoyorquina, o reconocimiento oficial a la comedieta más estúpida entre las de fabricación casera; son, sin pretender ser exhaustivo, algunos de los recursos empleados en un pasado reciente para el fomento envenenado de nuestro teatro.

Y quede claro, ironías aparte, que, en mi opinión, todos y cada uno de los renglones antes citados serían imprescindibles como referentes en una programación que se nutriera, fundamentalmente, de un teatro enraizado en su sociedad. Pero no; quienes tal hicieron, no pretendían establecer referente alguno; su objetivo (o al menos ése ha sido el resultado) fue suplantar el teatro de aquí y de ahora con operaciones de prestigio aparentemente incuestionables. Se trataba de ocupar los escenarios para así impedir que desde esa tribuna se hablara de nuestra realidad; y, en ese desatino, no se regatearon fuegos artificiales con los que maravillar al personal. Mas, el público, que de esto sabe un rato, asumió su papel ante el retablo de las maravillas que se les ofrecía y, tras aplaudir ostentosamente (cómo patear algo tan importante), tomó la decisión de no volver al teatro ni cobrando.

Llegados a este punto, la pregunta sería: ¿Qué más se podría hacer para que empeore la situación? Y si bien es verdad que tal supuesto es bastante improbable, dada la actual precariedad, no es menos cierto que siempre hay margen para empeorar.

 

El "Cultura, cultura, cultura" de otro tiempo, tórnase hoy día en "Dinero, dinero, dinero".

Tras un período de marcado intervencionismo, cabría pensar que la alternativa al actual estado de cosas sería someter el teatro a las leyes del mercado, y no faltan voces, generalmente de mercaderes, que así lo demandan. Suprimir las subvenciones parece ser la panacea. (La exigua lista de ayudas publicada en el B.O.E., 28 de mayo de 1996, y su raquítica cuantía, deja claro que ni ésa puede ser la solución, ni ese era el problema). En su lugar, la ayuda por entrada vendida, gestión privada de los teatros públicos y otras delicias económicas, estimulan las glándulas salivares de nuestro anémico sector empresarial. El "Cultura, cultura, cultura" de otro tiempo, tórnase hoy día en "Dinero, dinero, dinero"; controversia esta en la que se enzarza la profesión, como si el problema estuviera en los enunciados, cuando no es así, pues debajo de cada palabra caben mil realidades.

(Después de haber defendido reiteradamente la ayuda en infraestructuras, oigo con inquietud el contenido que otras voces dan a esa misma formulación. Me remito a la ponencia que presenté en el Congreso de Salamanca, "Ideas para una política teatral alternativa", y a su posterior debate, en el que defendí invertir en infraestructuras de titularidad pública cuya posterior utilzación debería ser dirigida por creadores y no por empresarios, para que prime así el interés cultural sobre los criterios económicos. Nada que ver con el modelo del Teatro Madrid, cuyos empresarios reciben del Ayuntamiento el local y el capital para hacer su negocio).

Lo cierto es que, al día de hoy, con el futuro aún en el alero, son muchas las cuestiones por responder. ¿Premiar el éxito o premiar el fracaso?, parece ser la pregunta estelar. ¿Premiar la calidad o premiar la bazofia?, preguntaría yo. Ya doy por descontado que no se privatizará el Centro Dramático Nacional, como no es imaginable que se privatice el Real, el Prado, o el Auditorio Nacional. Nada que objetar a la supresión de impuestos (una reivindicación añeja). Albricias si la fusión de los ministerios sirve para que el teatro tenga una mayor presencia en los planes de estudios. Y así podría seguir comentando los principales chismes que circulan por los mentideros, mas no creo que sea el momento de descender al detalle. Tiempo habrá.

Sí parece obligado, en este comienzo de andadura, exponer un deseo ante quienes tienen facultades para que se cumpla. (Me anima a ello el hecho de que las personas designadas para bregar los asuntos sean dos creadores cuya opinión, cabe pensar, poco puede diferir de lo aquí expuesto; y en definitiva, como alguno de ellos ha dicho, en cuestiones de política cultural, lo que importa es el talante). Por eso, cuando unos, con todo derecho, preconizan la defensa de la industria teatral mediante la regeneración del tejido productivo, y otros, con no menos razón, argumentan la importancia del sector en función de los puestos de trabajo que dicen defender (cuestiones ambas de gran trascendencia que no dudo serán atendidas por los ministerios correspondientes, Industria y Trabajo), a mí me gustaría reivindicar lo obvio: el juego del teatro.

Sí, el juego del teatro, el que se origina en la memoria de sus creadores para luego resonar peligrosamente en la memoria de la sociedad. La creación considerada no como producto de mercado ni en su vertiente laboral, sino como herramienta de conocimiento. Éste es el valor fundamental del teatro, el cual, por sí solo, justifica que se realice el máximo esfuerzo para conseguir su revitalización. Por tanto, si fuera posible que todas y cada una de las decisiones a adoptar por la Administración se encaminaran a posibilitar que este juego se produzca con naturalidad (sin trabas ni presiones que lo desactiven), tal vez aún estaríamos a tiempo de recuperar el público perdido, los creadores perdidos, la comunicación perdida. Si, por el contrario, los nuevos aires sólo sirvieran para sustituir el intervencionismo de antaño por la ley del mercado, a la postre, lo único que cambiaría sería el modo de marear la perdiz. Y una vez más, se cumpliría la segunda parte del encabezamiento de este artículo: "... las democracias confunden".


Jesús Campos García



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